
Adriana González Celaya salió del Cerezo de Hermosillo con el rostro cansado. Salió caminando lentamente con un par de bolsas de plástico en cada una de las manos. Como si trajera una fuerte carga, depositó los bultos en manos de une de los ciudadanos que lo esperaban en las puertas de la penitenciaria.
Lo primero que le dijeron a Adriana esa madrugada del 27 de marzo fue que acudiera al hospital general para que la revisara un médico.
Ella se negó. Primero que nada, dijo, vamos a la Plaza Zaragoza. Quiso ir personalmente a agradecer a los ciudadanos que se pusieron en huelga de hambre, en solidaridad con su ayuno que realizó al interior del Cereso.
Su paso era lento, como el del guerrero o guerrera que llega cansado de una cruenta batalla. Fueron cinco días sin comer nada. Sólo agua. El escenario de su lucha se ubicó primero en los patios del Cereso Femenil. Las condiciones de vida se transformaron brutalmente en perjuicio de Adriana. Afuera, en la defensa del Parque de Villa de Seris, a pesar de la represión policíaca que sufrió, se respiraba aire libre. Dentro de la cárcel, todo diferente. Paredes semidestruidas, por cuyas hendiduras se puede traspasar la mirada. Enormes galerones que en su interior se encontraban celdas y más celdas, como si fuera un horrendo vecindario de hacinamiento humano.
Ese fue el terreno de la nueva batalla que enfrentó Adriana. Y como si todo estuviera acorde con la cultura cristiana, los sucesos ocurrieron en Semana Santa, los días que marcaron el vía crucis de Jesús el de Nazareth.
Esa misma semana, pero de 2008, Adriana tomó una decisión que implicó un enorme sacrificio. Era jueves como el de la última cena de Jesús, cuando Adriana tomó la determinación de enfrentar al monstruo del poder. Tomó sus últimos alimentos de la semana, porque decidió emprender el ayuno al día siguiente.
Historia de las vejaciones
No era la primera vez que Adriana sufría los golpes y abusos de la policía municipal. El 10 de marzo, unos días atrás, los agentes ya se habían dado la saña de tratarla como si fuera el peor de los delincuentes. La levantaron en el aire, la arrastraron y a empujones se la llevaron a las celdas de la comandancia sur.
El 14 de marzo, después de que había salido libre, Adriana llegó al parque de Villa de Seris pasadas las siete de la mañana, después de que recibió una llamada avisándole que a esas horas, las máquinas estaba en movimiento y los trabajadores listos para empezar el trasplante de árboles.
Sin cuentas claras de algún impacto ambiental, el municipio decidió emprender esa tarea con el apoyo de 50 agentes de policía. Fue el viernes 14 de marzo el día en que fu detenida de nueva cuenta.
Desde entonces, la historia se vuelve oscura. Las autoridades no informan, sino al contrario, esconden a los siete detenidos de ese día. Y ese día, empezó una historia de vejaciones que Adriana contó a Dossier Político Semanal lo que ocurrió esos días. Toda una historia que bien se puede ubicar como parte de una guerra sucia contra los activistas sociales.
Marzo 14, en los separos de la Policía Estatal Investigadora. Adriana relata en la entrevista la manera en que los obligaron a declarar: Estábamos ante el agente del ministerio público Jesús Yocupicio. Yo le pedí que antes de cualquier declaración me permitieran hacer la llamada a que tengo derecho.
Yocupicio respondió: “en este lugar que se te olviden tus derechos”. Adriana se opuso a proporcionar información y en castigo la encerraron más, en las peores celdas de la PEI.
Luego a cada uno de los detenidos los empezaron a amagar. Les dijeron que si no hablaban no tendrían oportunidad de ver a su abogado. La intención del agente del MP fue obtener declaraciones para luego fabricar los delitos, toda una lógica contraria a la ley.
Hasta que cedieron los detenidos. Los obligaron a declarar sin presencia de un abogado y a cada uno le grabaron la voz.
Adriana relató: “me resistí totalmente, pero a base de amenazas de no ver a mi abogado accedí a declarar. Luego de ello me permitieron ver a Miguel Ángel Haro”.
Marzo 15. Cerca de las dos de la mañana Adriana y sus compañeros fueron trasladados al Cerezo de Hermosillo.
Adriana relata: “nos treparon en una patrulla y con exceso de velocidad, con las torretas encendidas, siempre prepotentes, intimidando a las gente que nos estaba apoyando, nos llevaron al Cerezo. Como a las 2 de la madrugada trasladaron a Adriana al Cereso Femenil. Y como a eso de las siete u ocho de la mañana me enteré que se pagó la fianza de Isabel Dorado y de inmediato decidí no aceptar que alguien pagara por mi, porque sería aceptar que cometimos algún delito
-¿Qué pasó por tu cabeza en ese momento?- se le preguntó a Adriana.
-El mayor sentimiento era de indignación. Eso me motivó a tomar esa decisión, la forma en que fuimos reprimidos, en que fuimos incomunicados, la manera en que nos fabricaron delitos y encima que me pusieran una multa por un delito que nunca cometí.
La entrevista con Adriana fue un día después que salió del Cerezo. Después de una reunión que sostuvieron en la Plaza Zaragoza, lugar que Adriana dijo “aquí vamos a poner nuestro nuevo cuartel”.
-Platica de tu huelga de hambre…
-Permanecí como indiciada desde el 15 al 21 de marzo. El 21 se me dicta auto de formal prisión, sabía que no se iban a desistir y aquí se me pusieron dos caminos: o continúo con mi indignación o cedo ante su fuerza.
El jueves santo –continuó- recordé mucho a Cristo. Es la noche de la última cena y entré en una etapa de reflexión. Una semana sin estar con mi familia y por otro lado sabía que el gobierno no iba a ceder tan fácilmente. Y fue cuando tomé la decisión de ponerme en huelga de hambre, porque era el último recurso de presión para que me exoneraran de los cargos.
En esos días la joven Ismene Figueroa López, alumna de derecho de la Universidad de Sonora y ex huelguista de hambre, se acercó a Adriana y le entregó una recopilación de recortes de periódicos de la lucha que estaba entablando. Y ante todo el contexto en que reflexionaba, esta acción de la estudiante y asesora de Adriana inclinó la balanza mental de la activista y fue cuando tomó la decisión de iniciar el ayuno el día siguiente, el viernes santo, cuando se presenta el inmenso drama de la muerte de Cristo en el Calvario.
Adriana continuó con su relato: El primer día del ayuno me instalé en la esquina del patio de las internas, a la vista de todas. Con una cartulina que una señora me ayudo a conseguir y esa noche dormí ahí. Pero al día siguiente, las celadoras empezaron a azuzar a unas internas para que nos hostigaran, bajo el argumento de que mi huelga les afectaba porque no podrían recibir visitas ese fin de semana porque el director del Cereso no quería que se enteraran de mi ayuno.
Con todo y huelga de hambre, Adriana tuvo que entrar de mediadora ante un derecho que habían ganado las internas, de que las visitas familiares las pudieran tener en ese patio del Cereso. La llevaron a la clínica del internado pero de una manera en que la incomunicaron durante 6 horas, pero siguió con la huelga de hambre en esa sección del Cereso para mujeres que comprende cuatro celdas, un baño. Todo ello en medio de cucarachas, paredes semiderruida, nada de pintura, con fugas en las llaves de agua.
Al segundo día de huelga amaneció con bronquitis, con síntomas de fiebre y cansancio. Tomaba sólo agua y sin que la pudiera visitar un médico.
Hasta el pasado miércoles la pudo visitar un médico. Luego el jueves, ante la llegada de la senadora Rosario Ibarra de Piedra, Adriana salió libre.
Cuando salió, lo primero que quiso hacer fue instalar el nuevo cuartel de lucha. Se le veía cansada, pero traía la fortaleza de haber detenido al monstruo gubernamental.



